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El último periodista que murió enfrentando a la mafia de Urabá

El último periodista que murió enfrentando a la mafia de Urabá

Texto original de David González para Las Dos Orillas

La vía para llegar a uno de los nidos de la banda criminal más violenta de Colombia está adornada con cerezos y manzanos de flores rojas y extensas praderas que terminan en el vaivén ruidoso del mar Caribe. Es un camino bien pavimentado, bien iluminado. No hay mucho tráfico, algunos buses maltrechos y las camionetas de alta gama de los bananeros y de los narcos del Urabá.

Arboletes es el primero de esos pueblos que hace parte de la esfera de influencia de Los Urabeños. En este pueblo los paras tienen tanto poder que se robaron un volcán, uno de lodo que nace a orillas del mar. “El Oso”, el hermano bobo de Pablo Escobar, lo compró al municipio alguna vez. Luego pasó de mano en mano; hoy nadie sabe quién es el dueño.

El 28 de junio, el mismo día que Colombia derrotó a Uruguay en el mundial de Brasil, Carmenza regresaba a su pueblo luego de dos años de haberlo dejado para siempre. Vestía un vestido blanco costeño debajo de un pesado chaleco antibalas de la Unidad Nacional de Protección. Allí, escondida en una van de servicio público, entregaba unas placas a líderes del pueblo: “En homenaje a Luis Eduardo Gómez”.

Carmenza, una mujer de 65 años, delgada, de pelo blanco y gris, amenazada por Los Urabeños y sin un peso en el bolsillo, había conseguido de donde no tenía para donar cerca de $10 millones en instrumentos musicales a las casas de la cultura de Arboletes y  Necoclí.

—Para que cuiden los talentos que tienen en Urabá, que estos niños piensen en notas musicales, en lugar de violencia— repetía Carmenza.

El padre del periodismo de Urabá

Luis Eduardo Gómez se fue a hacer periodismo al Urabá cuando la zona no era más que un olvidado pedazo de tierra del norte de Colombia. No había vías y pocos se atrevían a viajar a ese confín del mundo. Luis, periodista bogotano del diario El Espectador, conoció a Carmenza en un paro de tractomulas a mediados de los 60, cerca de Facatativá. Se enamoró y se la llevó a vivir a Turbo.

Con el paso de los años, él se convirtió en el padre del periodismo en Urabá. Fundó radios comunales, revistas de turismo, colaboró en la creación de los periódicos de Apartadó. Vivió el crecimiento de las haciendas bananeras en las tierras de los Cunas y los Emberá-Katío, el surgimiento de los movimientos obreros, de los sindicatos, de las guerrillas: las FARC, el EPL y el ELN.

Cuando nació su primer y único hijo, Juan Pablo Atahualpa Gómez, a comienzos de los 80, las avionetas de los narcos empezaban a  surcar los  cielos del Urabá. El golfo era un punto geográfico estratégico para sacar la droga. Con los narcos se consolidaron los ejércitos privados, y Carlos Castaño fundó sus Autodefensas de Córdoba y Urabá (ACCU). Las masacres estuvieron a la orden del día y se extendieron desde Apartadó a través de las tierras ganaderas de Córdoba hasta el resto del país.

Luis Eduardo y Carmenza dejaron Turbo y se fueron a vivir a Arboletes. El periodista daba talleres de periodismo, fue el gestor de las semanas culturales del Urabá y promocionó las fiestas bananeras. En Arboletes fundó Urabá Limitada en 1981, una revista que tuvo 14 ediciones y que dejó de publicarse por amenazas de los paramilitares.

Luis era el periodista referente del Urabá. Su hijo, que había estudiado diseño gráfico en Medellín, ayudaba con la diagramación y la fotografía de las publicaciones. Doña Carmenza, paisa por adopción, vivía de vender toda clase de productos: lodo volcánico para la artritis, frutas para la diabetes…

Para el 2003, luego de la desaparición de Carlos Castaño, Fredy Herrera ‘El Alemán’ se convirtió en el nuevo mandamás. El exayudante de un camión cervecero era ahora el jefe del temido bloque paramilitar Elmer Cárdenas de las AUC. El Alemán, en proceso de entrega de armas, había construido un ambicioso proyecto político: “Urabá Grande, unido y en paz” que había permeado con el dinero del narcotráfico a todos los políticos de la región.

Para entonces, la barba bíblica de Luis Eduardo ya le cubría el pecho. Gómez empezó a denunciar el robo del volcán de lodo, decía que era del municipio, acusó a los políticos locales de robarse los terrenos del aeropuerto, de desviar los recursos públicos. En sus ratos libres enseñaba a los más jóvenes a caminar en zancos, a hablar bien en radio, a tocar la guitarra.

En 2006, ‘El Alemán’ se desmovilizó en el proceso de Santa Fe de Ralito. Los amos y señores del Urabá, ricos ganaderos y empresarios paramilitares que habían calado bien en las élites de Montería,  pasaron la antorcha a los pistolocos, antiguos sicarios de los paras, como nuevos jefes. La situación no podía ser peor. A finales de 2009 todo el Urabá estaba cooptado por una nueva red criminal que en sus comienzos se hizo llamar las Autodefensas Gaitanistas, pero que después fue conocida simplemente como Urabeños.

En esta mafia, los grandes comandantes del paramilitarismo, ya extraditados a Estados Unidos, mantienen su poder en cuerpo ajeno, en la tercera persona de lavaperros que vienen del inframundo. Aún así el riesgo para algunos se alivia. Un periodista de Montería me contó: “Los nuevos paras no se meten con nosotros, son gente de abajo, resentidos de los que tienen poder. Mientras no hablemos de ellos, no amenazan. A diferencia de los Mancuso y los Jorge 40, que eran la misma élite política”.

Juan Pablo Atahualpa Gómez, el hijo de Luis y Carmenza, se había mantenido al margen de esa violencia. Era un muchacho tranquilo, buen dibujante y mejor camarógrafo. Como cualquier joven de Arboletes, llegó a la edad donde no podía seguir al margen del conflicto. Le empezaron a mandar mensajes de que tenía que colaborar con los paras, le ordenaban que si no iba a entrar debía dar su moto en compensación. Él los ignoró.

El 21 de agosto de 2009, a las 3 de la tarde, lo llamaron a su celular. La voz no se identificó y lanzó una advertencia: “Cuídese, lo van a matar”. Él salió en su moto a recoger a su mamá al barrio Miramar, a unas pocas cuadras de la estación de Policía. Arboletes en realidad no es más que un par de cuadras mal pavimentadas a orillas de una playa lodosa.

Carmenza se sentó detrás de su hijo y lo abrazó por la cintura. A las siete de la noche, dos hombres con pasamontañas les bloquearon el camino. Sin mediar palabra le dispararon tres tiros a Juan Pablo. El joven murió ahí, en brazos de su mamá.  El diario El Propio, un periódico del Urabá, titularía al día siguiente: “Lo mataron por envidia”. Años después la Fiscalía determinaría que Juan Pablo fue asesinado por criminales comunes y que su caso no sería tenido en cuenta en la ley de víctimas.

Los manuscritos de Luis Eduardo

La muerte de su único hijo dejó a los viejos Luis Eduardo y Carmenza en estado de parálisis. Su círculo de amigos se cerró y a pesar de las muestras de solidaridad, nadie quería hablar del tema.

Dejarse vencer por el miedo es una forma de supervivencia, a eso algunos periodistas de Montería lo llaman “periodismo sano”. Un periodismo que no incómoda, que se dedica a las alabanzas y a las fotos sociales. Cualquiera que haya respirado el miedo que circula por las calles de Arboletes sabría que esa era la única forma posible de periodismo. Cualquiera, menos Luis Eduardo.

El viejo de 69 años decidió investigar la muerte de su hijo, su agenda de apuntes era su única arma. Él necesitaba nombres propios, motivos.

En sus libretas anotó cientos de placas de motos y sus dueños. Se volvió un observador de cualquier movimiento extraño, escribió cada crimen que registraban los medios y le dio contexto a cada dato. Entre el 14 de agosto de 2009, la fecha de la muerte de su hijo, hasta el 30 de junio de 2011 develó en sus cuadernos las entrañas de la mafia que los gobernaba.

En sus apuntes habla de galleras de mala muerte, de congresistas apoyados electoralmente por  cientos de millones untados de sangre. “En cada municipio de Urabá ‘El Alemán’ colocó $150.000.000 que repartieron en efectivo el día de elecciones”, se lee en su cuaderno.

También habla de empresas fachadas de los negocios ilícitos y lugares frecuentes de reunión de los bandidos. “Gran parte de los negocios locales con zoocriaderos (cocodrilos, babillas), piscifactorías y similares, se prestan para encubrir el movimiento de la coca. El encubrimiento se facilita porque hay un movimiento constante de camiones, jaulas y personas entre las factorías y los puertos”.

El periodista también registró cómo los paras se habían tomado el presupuesto de la salud. “En Arboletes, la anterior y la actual administración municipal entregó y entrega a “los paras” el 40% del presupuesto a través de las secretarías de Salud, Educación y el hospital”.

Identificó a los protagonistas de esta red criminal, algunos ya muertos, otros en prisión, muchos otros disfrutando de sus riquezas. Habla de funcionarios públicos corruptos, de Diana Garrido, actual alcaldesa por el partido de la U y de sus presuntos vínculos con ‘El Alemán’. De un alias ‘Juan Diego’, cuarto Comandante del Bloque y  dueño de la IPS ORSALUD, una empresa fachada que recibía parte del presupuesto de la Salud.  En Arboletes los últimos tres exalcaldes están presos por parapolítica.

“El comandante de campaña de las Águilas Negras que actuó desde hace cuatro años como director de tránsito de Arboletes, es ahora el terror de los martirios para hacer cantar y torturar en el patio de su casa que está pegada al hospital con dos perros pitbull, asesinos”. El paramilitarismo había triunfado en Arboletes.

El periodista describió que el nuevo cartel se dividió el territorio y en Arboletes le tocó al ‘Tiburón’, “uno de los principales asesinos de Los Urabeños, antiguo comandante del grupo Águilas Negras con sede en Arboletes.”

En esta radiografía caótica del cartel, Gómez dio con el asesino de su hijo. “La lista parcial de personas relacionadas con el asesinato de Juan Pablo: Alias El Tiburón, El Zarco, Camilo. Camilo es señalado como el autor intelectual y celebra la muerte de Juan Pablo públicamente en las playas de Arboletes.”

En el fondo el periodista no solo quería ver al asesino de su hijo tras las rejas, sino que el Urabá fuera lo que alguna vez fue. “No quise aceptar el desplazamiento. He tenido miedo y (me) he sentido muy solo.”

Esas fueron las últimas palabras que escribió. Luis Eduardo Gómez recién había cumplido 70 años cuando fue asesinado el primero de julio de 2011, dos años después de la muerte de su hijo.

Aquí matan humanos como animales

Era de noche y Luis Eduardo caminaba de regreso a su casa junto con Carmenza. Al pasar por una cancha de fútbol, dos adolescentes se acercaron por detrás. Carmenza, mucho tiempo después recordaría el estruendo de las balas, lo recordaría con la pólvora decembrina o con el sonido de las ambulancias. Vería el rostro de su esposo muerto, su compañero de tantos años, cada vez que pestañeara, en medio de sueños y en la cara de otros viejos que caminaban las calles de la ciudad que luego la acogería en su desplazamiento.

A finales de 2013, la Policía capturaría a un secuaz del ‘Tiburón’, alias ‘El Escamoso’. Luego lo presentaría como el asesino del periodista y un hombre de confianza de ‘El Alemán’. Gómez en sus manuscritos había escrito premonitoriamente sobre quién lo mataría: “El Escamoso sigue libre, pese a tener cinco o seis boletas de captura. Habitualmente está en el municipio de Caucasia, sede central de los paracos.”

Contrastar la información encontrada en los archivos de Gómez es un acto de kamikaze. Una fuente me advirtió mientras cotejaba los datos  en Arboletes: “Vea le doy un consejo, no se meta a averiguar esos temas. Usted esta joven ¿Tiene hijos? ¿Un perro? pues piense que acá matan humanos como si mataran a cualquier animal.”

En Necoclí la temperatura puede llegar a los 40 grados centígrados. El aire es húmedo y pegajoso, como la brisa que exhalan carbones hirvientes de un volcan. Así mismo es su gente, alegre, visceral e intensa.

Esa tarde, la misma del triunfo de Colombia a Uruguay, Carmenza, la unica sobreviviente de la familia Ruiz, regresaba a escondidas a su tierra. Una veintena de niños y madres de familia la esperaban en la Casa de la Cultura. La mujer que lo había perdido todo, que un par de días antes deambulaba por autopistas extrañas como cientos de desplazados, con procesos judiciales debajo del brazo y cicatrices que no podía mostrar, había conseguido recursos para devolver la música a Arboletes y Necoclí.

Carmenza no es una mujer que hable demasiado. Atravesar los cientos de escudos que ha construido para superar el dolor no es una tarea fácil.

Luego de la muerte de Luis Eduardo, Carmenza tuvo que huir de Arboletes. Tanquetas de la Policía y de la Unidad Nacional de Protección la sacaron escoltada. Luego la tiraron en medio de la ciudad. Años después apenas si ha sido reconocida como víctima por la Unidad de Víctimas. El presidente Santos  en una bonita ceremonía en Bogotá dejó que Carmenza lo acompañara del brazo por el medio de un lujoso salón y pare de contar, el resto fue un papeleo interminable.

Carmenza pasó los días deambulando entre entidades estatales con carpetas de procesos judiciales sin concluir, certificados que evidenciaban que a ella los paras le habían matado la familia y un par de revistas de las que escribió Luis Eduardo en vida.

Como había perdido cualquier motivación para vivir, tuvo que inventarse unas nuevas. La primera era que en el Urabá honraran a su familia. Y lo logró sin ayuda del Estado.

Consiguió recursos, habló con gente que conoció a Luis. Con la plata compró $10 millones en música, un par de baterías, acordeones, unas gaitas. Mandó hacer una docena de camisetas blancas con el nombre de Luis Eduardo  y de su hijo y unas placas de bronce. Contactó a los directores de la Casa de la Cultura de los dos pueblos y les llevó los regalos.

El día de la entrega, los niños hicieron una presentación especial para Carmenza. Tocaron un par de vallenatos con sus nuevos instrumentos. Anochecía, el cielo era naranja y al fondo el Atlántico lavaba las playas oscuras. Carmenza se dirigió a los niños y les contó sobre Luis Eduardo, sobre su hijo que tocaba la guitarra, les pidió que no dejaran de hacer música.

Luego en el bus que nos llevaba a Montería, horas después de haber entregado las placas con el nombre de su esposo y de su hijo, le pregunté: “Doña Carmenza, ¿y ahora qué sigue?”

Ella, aún con el chaleco antibalas que le apretaba el pecho, se quedó pensando y contestó: “Cosas son las que tengo, de pronto algo por los viejos de Antioquia. Por alguna razón me dejaron viva”.  A lo lejos, bien atrás quedaba Arboletes como sombras y luces rojas en medio del Caribe.

David es docente universitario, director de La Otra Orilla y exasesor de la Fundación Para la Libertad de Prensa (FLIP). Anda en Twitter como @davo_gonzalez

Lea aquí el texto original de Las Dos Orillas